miércoles, 11 de diciembre de 2013

Una filosofía de diseño centrada en el usuario

Gould y Lewis (1983) han propuesto una filosofía de diseño centrada en el usuario de las pantallas de visualización. Los cuatro principios propuestos son:

1. Atención inmediata y continua a los usuarios. Se mantiene un contacto directo con los usuarios, con el fin de comprender mejor sus características y tareas.
2. Diseño integrado. Todos los aspectos de la usabilidad (por ejemplo, interfaz, manuales, sistemas de ayuda) se desarrollan en paralelo y se colocan bajo un control centralizado.
3. Evaluación inmediata y continua por parte de los usuarios. Los usuarios prueban las interfaces o prototipos en las primeras fases de diseño, en condiciones de trabajo simu- ladas. El rendimiento y las reacciones se miden cuantitativa y cualitativamente.
4. Diseño iterativo. El sistema es modificado dependiendo de los resultados de la evaluación, y vuelve a comenzar el ciclo de evaluación.
En Gould (1988) se explican con detalle estos principios. Muy relevantes cuando se publicaron, en 1985, siguen siéndolo casi quince años después, debido a la imposibilidad de predecir la efectividad de las interfaces sin las pruebas de los usuarios. Tales principios constituyen la base de los ciclos de desarrollo basados en el usuario, propuestos por varios autores en los últimos años (Gould 1988; Mantei y Teorey 1989; Mayhew 1992; Nielsen 1992; Robert y Fiset 1992).
En la última parte de este artículo analizaremos cinco etapas del ciclo de desarrollo que parecen determinar la efectividad de la interfaz final.

martes, 10 de diciembre de 2013

Análisis del usuario He aquí los documentos que recogen dichas directrices:

• Apple Human Interface Guidelines (1987)
• Open Look (Sun 1990)
• OSF/Motif Style Guide (1990)
• IBM Common User Access guide to user interface design (1991)
• IBM Advanced Interface Design Reference (1991)
• The Windows interface: An application design guide (Microsoft 1992)

Estas directrices tienen como objetivo simplificar el desarrollo de interfaces indicando un nivel mínimo de uniformidad y cohe- rencia entre las interfaces utilizadas en la misma plataforma informática. Son precisas, detalladas y bastante completas en varios aspectos y tienen la ventaja adicional de ser bien cono- cidas, accesibles y ampliamente utilizadas. Son las normas de diseño “de facto” que utilizan los que desarrollan los sistemas y son, por lo mismo, indispensables.
Además, las normas de la Organización Internacional de Normalización (ISO) son también valiosas fuentes de informa- ción sobre el diseño y la evaluación de las interfaces. Estas normas se refieren principalmente a la uniformidad entre las interfaces, independientemente de las plataformas y aplica- ciones. Se han elaborado en colaboración con las asociaciones nacionales de normalización, después de discutirlas amplia- mente con los investigadores, diseñadores y fabricantes. La norma ISO más importante sobre el diseño de interfaces es la ISO 9241, que describe los requisitos ergonómicos para las pantallas de visualización de datos y consta de 17 partes. Por ejemplo, las partes 14, 15, 16 y 17 se refieren a cuatro tipos de diálogo personan ordenador: los menús, los lenguajes de comandos, la manipulación directa y los formularios. Las normas ISO deberán tener prioridad sobre otros principios y directrices de diseño. Las siguientes secciones tratan sobre los principios que deben condicionar el diseño de las interfaces.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Enfermedades infecciosas y cambio del clima/ecosistema

Los modelos de circulación general que combinan la atmósfera y los océanos predicen que las latitudes altas del hemisferio norte experimentarán una mayor elevación de la temperatura superfi- cial según las actuales hipótesis del IPCC (IPCC 1992). Se espera que las temperaturas invernales mínimas resulten más afectadas, lo que permitirá que determinados virus y parásitos se extiendan a regiones en las que antes no podían vivir. Además de los efectos del clima sobre los vectores, la transformación de los ecosistemas podría tener importantes repercusiones para enfermedades en que la zona de distribución de los vectores y/o huéspedes de reservorio está determinada por dichos ecosistemas.
Es posible que enfermedades transmitidas por vectores se extiendan a regiones templadas de ambos hemisferios y se inten- sifiquen en las zonas endémicas. La temperatura determina la capacidad de infección del vector pues afecta a la replicación de los patógenos, a su maduración y al período en que posee capa- cidad de infectar (Longstreth y Wiseman 1989). El alto nivel de la temperatura y la humedad intensifican también el hábito de picar de varias especies de mosquito. El calor extremo, en cambio, puede abreviar el tiempo de supervivencia del insecto.
Las enfermedades infecciosas sobre las que es más probable que repercutan sutiles variaciones climáticas son aquellas en cuyo ciclo vital interviene una especie de sangre fría (inverte- brado) (Sharp 1994). Entre las enfermedades cuyos agentes infecciosos, vectores o huéspedes se ven afectados por el cambio climático figuran la malaria, la esquistosomiasis, la filariasis, la leishmaniasis, la oncocercosis (ceguera del río), la tripanosomiasis (enfermedad de Chagas y enfermedad del sueño africana), el dengue, la fiebre amarilla y la encefalitis arbovírica. En la Tabla 53.12 figuran las cifras actuales del número de personas con riesgo de contraer esas enfermedades (OMS 1990d).
A escala mundial, la malaria es la más extendida de las enfermedades transmitidas por vectores y causa de uno a dos millones de muertos cada año. Según Martens y cols. (1995), a mediados del siglo próximo esa cifra puede incrementarse con otro millón más de muertes anuales debido al cambio climático. El mosquito anófeles, que es el portador de la malaria, puede extenderse a la isoterma de invierno de 16 C, pues el parásito no se desarrolla por debajo de esa temperatura (Gilles y Warrell 1993). Las epidemias que se producen a altitudes superiores suelen coin- cidir con temperaturas por encima de la media (Loevinsohn 1994). También afecta a la malaria la despoblación forestal, pues en las zonas taladas se crean abundantes charcas de agua dulce en las que pueden desarrollarse las larvas del anófeles (véase en este capítulo “La extinción de especies, la pérdida de diversidad biológica y la salud humana”).
En los dos últimos decenios los intentos por controlar la malaria han dado escaso fruto. El tratamiento no ha mejorado, pues la resistencia a los medicamentos se ha convertido en un problema importante en el caso de la cepa más virulenta, Plas- modium falciparum, y las vacunas antimalaria tienen una eficacia limitada (Institute of Medicine 1991). Hasta ahora la gran capacidad de variación antigénica de los protozoos ha impedido la obtención de vacunas eficaces para la malaria y la enfermedad del sueño, lo que no nos permite albergar muchas esperanzas de encontrar nuevos agentes farmacéuticos de fácil obtención contra esas enfermedades. Las enfermedades en que intervienen huéspedes de reservorio intermedios (por ejemplo, ciervos y roedores en la enfermedad de Lyme) hacen básicamente inalcanzable la inmunidad humana con programas de vacunación, lo que representa otro obstáculo para la interven- ción médica preventiva.

A medida que el cambio climático vaya modificando el hábitat, con una reducción potencial de la diversidad biológica, los insectos vectores se verán obligados a buscar nuevos hués- pedes (véase “La extinción de especies, la pérdida de diversidad biológica y la salud humana”). En Honduras, por ejemplo, insectos que buscan sangre, como el escarabajo asesino, que transmite la incurable enfermedad de Chagas (o tripanosomiasis americana), se han visto obligados a buscar huéspedes humanos al ver reducida la diversidad biológica por causa de la despobla- ción forestal. De 10.601 hondureños estudiados en regiones endémicas, el 23,5 % son hoy seropositivos a esa enfermedad (Sharp 1994). Las enfermedades zoonóticas son con frecuencia fuente de infecciones humanas y generalmente afectan al hombre tras un cambio ambiental o una alteración en la acti- vidad humana (Institute of Medicine l992). Muchas enferme- dades “incipientes” de los humanos son en realidad antiguas zoonosis de especies huéspedes animales. Por ejemplo, el Hanta- virus, que se ha demostrado recientemente que causa la muerte de seres humanos en el suroeste de Estados Unidos, está estable- cido desde hace mucho tiempo en los roedores y se considera que el reciente brote está relacionado con las condiciones climá- ticas/ecológicas (Wenzel 1994).


martes, 3 de diciembre de 2013

Efectos del cambio en la temperatura y las precipitaciones sobre la salud

Morbilidad y mortalidad relacionadas con el calor Fisiológicamente, los humanos poseen una gran capacidad de termorregulación hasta determinado umbral de temperatura.

Unas condiciones climáticas que comprendan temperaturas superiores a dicho umbral mantenidas durante varios días consecutivos incrementan la mortalidad en la población. En las grandes ciudades, las deficiencias en la vivienda combinadas con el efecto urbano denominado “islote de calor” agravan aún más esas condiciones. En Shanghai, por ejemplo, ese efecto puede llegar a ser de hasta 6,5 C en una tarde de invierno sin viento
(IPCC 1990). Los fallecimientos relacionados con el calor se producen sobre todo en la población de edad avanzada y se atribuyen a trastornos cardiovasculares y respiratorios (Kilbourne 1989). Algunas variables meteorológicas clave contribuyen a la mortalidad relacionada con el calor, y la más impor- tante de ellas es una elevada temperatura durante la noche; se prevé que el efecto invernadero eleve especialmente estas tempe- raturas mínimas (Kalkstein y Smoyer 1993).
Se espera que las regiones templadas y polares se calienten de un modo desproporcionadamente mayor que las zonas tropicales y subtropicales (IPCC 1990). Sobre la base de las predicciones de la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos (NASA), las temperaturas estivales medias en Nueva York y San Luis, por ejemplo, ascenderían en 3,1 y 3,9 C respectivamente si se duplicara el CO2 ambiental. Aun ajustando esas cifras para tener en cuenta la aclimatación fisiológica, la mortalidad estival anual en ciudades templadas como las citadas podría multiplicarse por más de cuatro (Kalks- tein y Smoyer 1993).
La química atmosférica es un factor importante de la formación de la bruma fotoquímica urbana, en virtud de la cual la fotodescomposición del NO2
nicos volátiles tiene como en presencia de compuestos orgátroposférico (a nivel del suelo). Tanto la mayor radiación UV ambiental como unas temperaturas más altas propiciarían aún más esas reacciones. Son bien conocidas las perjudiciales conse- cuencias para la salud de la contaminación del aire y, si se siguen utilizando combustibles fósiles, aumentarán los efectos agudos y crónicos sobre la salud (véase en este capítulo “La contamina- ción del aire”).



lunes, 2 de diciembre de 2013

Agotamiento del ozono estratosférico

El ozono estratosférico se está agotando debido básicamente a las reacciones con radicales libres de halógenos procedentes de clorofluorocarbonos (CFC), junto con otros halocarbonos y bromuro de metilo (Molina y Rowland 1974). El ozono bloquea la penetración de la radiación ultravioleta B (UVB), que contiene las longitudes de onda biológicamente más destructivas (290-320 nanómetros). Se prevé que los niveles de UVB se eleven de forma desproporcionada en las zonas templadas y árticas, pues se ha establecido una clara relación entre las latitudes más altas y el grado de adelgazamiento de la capa de ozono (Stolarski y cols. 1992).
Se estima que durante el período de 1979 a 1991 la pérdida media de ozono, ajustada por el ciclo solar y otros factores, fue de un 2,7 % por decenio (Gleason y cols. 1993). En 1993, inves- tigadores que utilizaban un nuevo y sensible espectrorradió- metro en Toronto, Canadá, descubrieron que el agotamiento del ozono ha provocado hasta ahora incrementos locales de la radia- ción UVB ambiental de un 35 % en el invierno y un 7 % en el verano en relación con los niveles de 1989 (Kerr y McElroy 1993). En estimaciones anteriores del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) se predijo un incre- mento del 1,4 % de la UVB por cada 1 % de reducción del ozono estratosférico (PNUMA 1991a).
Entre las repercusiones directas sobre la salud del agota- miento del ozono estratosférico, que produce un incremento de la radiación UVB ambiental, figuran: a) cáncer de piel, b) enfer- medades oculares, y c) inmunosupresión. La radiación ultravio- leta puede producir también efectos indirectos sobre la salud al ocasionar daños a los cultivos.

domingo, 1 de diciembre de 2013

EL CAMBIO CLIMATICO MUNDIAL Y • EL AGOTAMIENTO DEL OZONO

Los principales gases de efecto invernadero son el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso, el vapor de agua y los cloro- fluorocarbonos (CFC). Estos gases dejan que la luz solar penetre hasta la superficie de la tierra, pero impiden que escape el calor radiante infrarrojo. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambios Climáticos (IPCC) de las Naciones Unidas ha llegado a la conclusión de que las emisiones, básicamente proce- dentes de la industria, y la destrucción de “sumideros” de gases de efecto invernadero por una deficiente ordenación del uso de la tierra, especialmente por la despoblación forestal, han incrementado la concentración de gases muy por encima de los procesos naturales. De no producirse importantes cambios de política, se espera que los niveles de dióxido de carbono preindustrial aumenten hasta generar un incremento de 1,0-3,5 C de la temperatura media mundial en el año 2100 (IPCC en prensa).
Los dos componentes básicos del cambio climático son: a) la elevación de la temperatura, con la inestabilidad y los extremos climáticos de ella derivados, y b) la elevación del nivel del mar por termoexpansión. Estos cambios pueden incrementar la frecuencia de las olas de calor y los episodios peligrosos de contaminación del aire, reducción de la humedad del suelo, mayor incidencia de fenómenos climáticos perturbadores e inun- dación de las costas (IPCC 1992). Entre los efectos para la salud pueden citarse un incremento de: a) la mortalidad y morbilidad relacionadas con el calor; b) las enfermedades infecciosas, en particular las transmitidas por insectos; c) la malnutrición por escasez de alimentos, y d) las crisis de las infraestructuras de salud pública a causa de los desastres climáticos y la elevación del nivel del mar, junto con las migraciones humanas relacionadas con el clima (véase la Figura 53.12).
Los humanos tienen una enorme capacidad para adaptarse
a las condiciones climáticas y ambientales. No obstante, la tasa de cambio climático y potencialmente ecológico que se predice es motivo de gran preocupación tanto para los expertos en medicina como en ciencias de la Tierra. Muchos de los efectos sobre la salud se derivarán de las respuestas ecológicas a unas condiciones climáticas alteradas. Por ejemplo, la extensión de las enfermedades transmitidas por vectores dependerá de cambios en la vegetación y de la disponibilidad de reservorios o huéspedes intermedios, junto con los efectos directos de la tempera- tura y la humedad sobre los parásitos y sus vectores (Patz y cols. 1996). Por consiguiente, para entender los peligros del cambio climático es necesario evaluar de un modo integrado el riesgo ecológico, para lo que se necesitan nuevos enfoques, más complejos que los análisis tradicionales del riesgo, basados en datos empíricos y en la relación causal entre un agente único y un efecto (McMichael 1993).